jueves, 13 de diciembre de 2012

El día de la hinchada más grande



A pesar de los pronósticos, en este 12 de diciembre del 2012 no se termina el mundo. Que siga existiendo el planeta permite que aproximadamente 50 mil simpatizantes de Boca Juniors llenen el Obelisco, la Plaza de la República y varias cuadras alrededor. No está el nuevo título para festejar, ni el “regalo de papá” de Nochebuena para los hinchas del clásico rival. Por eso, la hinchada se celebra a sí misma, eleva su propio orgullo.

El tránsito en la Ciudad de Buenos Aires, ya generalmente pesado, colapsa aún peor. Al tiempo que la improvisada procesión que se forma en avenida Corrientes une desde las 17 las siete cuadras que separan Callao y Cerrito, resuenan bocinazos que los movilizados procuran silenciar. Ante cada reclamo de automovilista apurado o colectivero que tuvo que desviar su recorrido se escuchan, más elevados, los cantos que recuerdan a los vecinos del noreste de la ciudad, que recién vuelven de la segunda categoría. También se hacen oír los pedidos por el regreso del emblema que “está vacío” y la solicitud de que, por fin, suene el despertador para levantar de la siesta al entrenador más exitoso de la historia del club.

A las inmediaciones del monumento histórico ya habían arribado los miles de hinchas que fueron organizados en micros o trenes para comenzar la fiesta desde temprano, todos juntos. El margen para equivocarse esta vez es nulo: a diferencia de lo que se arriesga siempre que hay manifestaciones políticas, ahora no hay nadie que haya venido por “el chori y la Coca”. Todo se comercializa, nada se regala. Las hamburguesas, al igual que el año pasado y a pesar del aumento del costo de vida, valen 15 pesos, lo mismo que el famoso “alto guiso”. Las cervezas, sobrevaloradas, tienen un precio de 20 pesos. Al que quiere celeste (o rubia, mejor dicho), que le cueste.
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Es fácil observar la división que se presenta en el terreno: los más jóvenes, los fanáticos y los barrabravas se concentran en la multitud del medio, bien pegados a la estructura de 67 metros de alto. Alejadas, en cambio, están las familias y los “oficinistas”, como definió a ese sector, al pasar, un simpatizante. Algo de razón tenía: buena parte de los presentes salió del trabajo y concurrió a la manifestación.

A todos, sin embargo, los unen varios puntos. Cada uno de ellos se enteró de la convocatoria a través de las redes sociales –principalmente Facebook y Twitter-, lo que ratifica, una vez más, la importancia que éstas tienen en la comunicación actual. Y todos piden por el regreso de Carlos Bianchi a la dirección técnica del club. Como Bruno, de 21 años, que quiere que el Virrey “vuelva a poner orden” e instalar otra “época de gloria”. O Mateo, de 15, que por su juventud se acuerda sólo un poco de la segunda etapa de Bianchi en Boca –que duró apenas un año y medio- y pretende que se repita un título intercontinental, como el del 2003.

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Dos morochas prestan atención a la escena que se les presenta enfrente de sus ojos: los semáforos se mueven al ritmo que le imponen los exacerbados que se cuelgan de ellos. Paula, de 21, producida para la ocasión, con una cautivante sombra celeste, se impresiona de sólo pensar que Juan Román Riquelme, el ídolo que no juega desde la final de la Copa Libertadores en julio, retorne al club. Y exige mayor reconocimiento para el entrenador que lo enfrentó: “Falcioni hizo una gestión buena, se merecía más crédito”. A su lado, su amiga Victoria, de 19, más extremista, considera que Riquelme no fue el gestor de los últimos logros, sino el resto del equipo y el director técnico.



Un helicóptero de Policía Federal vigila –o intenta- los movimientos a 100 metros de altura. A pocas cuadras se registran daños y destrozos en repudio por el fallo de la causa Marita Verón. Aquí, el devenir del tiempo pregona lo que será el bochornoso final: cerca de cincuenta simpatizantes (si es que les vale ese mote a ellos) saquean un móvil de Crónica TV y se suben al techo para elevar su perfil. La maldita y dañina cultura del aguante que estallará cuando Oscar Cacho Laudonio, el ayudante de utilería de Boca que es conocido por agitar la bandera antes de la salida de los jugadores al campo de juego se trepe al camión.

El olor a tabaco de los alrededores se convierte, en el centro, en un fuerte tufo a bengalas y marihuana. En el mástil flamea tarde, por el poco viento, la bandera del club junto a la argentina. Abstraídos de este clima de caos, que ya poco tiene que ver con los genuinos festejos de la gran mayoría, están Cristian, de 36 años, y Karen, de 34, con sus hijos Bruno, de 10, y Santiago, de 2. Él, conmovido, afirma que los hinchas de Boca no son “ni más ni menos que los de River” (que, probablemente, hayan inspirado esta movilización con su banderazo de octubre y su propio Día del Hincha –el 28 de septiembre de cada año-), “sino diferentes.” Ella, por su parte, disfruta su primera vez en el Obelisco como simpatizante, mientras custodia a sus nenes. El mayor de ellos se niega a hablar.





En el punto máximo de excitación, cuando más de 200 personas copan el balcón y el cartel luminoso del Mc Donald’s ubicado en Corrientes y Carlos Pellegrini, José, que ya pasó hace 5 temporadas el medio siglo de vida, vende banderas a 50 pesos. Consultado si es simpatizante o sólo aprovecha el negocio, no vacila en la respuesta: “Fui el único argentino que estaba en Japón en 1978, cuando ganamos la primera Libertadores”. Siento que me está haciendo una broma, y lo confirmo: las finales de la Copa Intercontinental de 1977, jugada al año siguiente, se hicieron a ida y vuelta en Alemania y Argentina. En Japón recién comenzó a disputarse a partir de 1980. La fantasía toca su punto más alto cuando señala hablar “cinco idiomas, por ser navegante”. Cuando los enumera, sin contar el castellano, son seis: chino, japonés, malayo, indonesio, francés e inglés. El intento de convencerme de la veracidad de sus dichos queda trunco, entonces.


Luego de la pirotecnia que se lanza a las 20.30, comienza la desconcentración. Y al momento en que quedan unos pocos ocurre la noticia, lo que la prensa destacará al otro día por sobre el festejo anterior: robos, destrozos a locales de la zona, corridas, enfrentamientos con la policía y basura por todas las calles cercanas. Pero los vándalos que nunca faltan en estas situaciones no pueden empañar la celebración a sí misma de la hinchada. Resta conocer el desenlace de las negociaciones entre el presidente Daniel Angelici y Carlos Bianchi. Mientras, la multitud encontró un final acorde para la canción Vasos Vacíos, de Los Fabulosos Cadillacs:

Por eso te pido esta noche,
tal vez lo puedas entender,
que la Copa Libertadores
la traiga el Virrey”.

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